martes, 10 de abril de 2012

Carta del Señor Obispo con motivo de la Resurrección.

REALMENTE RESUCITÓ EL SEÑOR.
Queridos diocesanos:

Para los críticos del cristianismo la fe en la resurrección tiene motivaciones diversas, y han dado forma y cauce a las más diversas teorías. Para unos, en realidad no murió, sino que alguien murió en su lugar. Pensaron otros que pareció que moría, pero todo estaba bien concebido, lo adormecerían con pócima para luego descolgarlo y cuidar de él hasta su plena recuperación. Teorías más inverosímiles que racionales para quien tenga un mínimo conocimiento histórico del suplicio de la cruz practicado en el mundo antiguo, pero más inverosímiles en el caso de Jesús. Cuando el Nazareno llegó a la cruz estaba ya extenuado hasta la muerte, tras la terrible tortura a que fue sometido. Su pronta muerte en la cruz así lo prueba, librándole de que le quebraran las piernas como a los que colgaron con él.

Por eso, conscientes de la inverosimilitud estas teorías, algunos críticos, los más influyentes desde la Ilustración, han preferido negar contundentemente la resurrección, para explicar la fe en ella como resultado de un proceso psicótico padecido por los discípulos y que logró universalizarse como fe mediante el contagio y extensión en el mundo necesitado de liberación y cambio radical. La utopía que representaba el mensaje, que estos críticos quieren ver como meramente social e incluso revolucionario para el cambio de la sociedad del mundo antiguo, sería la explicación del éxito de la fe en la resurrección, un mensaje mistificado después y formulado en clave evanescentemente religiosa hasta convertirse en afirmación de la vida eterna como calmante del dolor de la vida terrena, justificación de la injusticia. La crítica marxista vendría a proponer así la más radical alternativa al cristianismo como alienación religiosa. Con todo, la fuerza de la causa de Jesús llegó a fascinar a otros para argumentar que la fe en la resurrección no podía ser otra cosa que el triunfo de la causa en sí misma; y así, decir que Jesús resucitó sería tanto como afirmar que su causa sigue adelante en esta historia convulsa de los hombres, con mayor o menor incidencia social sobre la vida, porque incluso esta causa puede ser estrictamente religiosa.

No es posible pasar revista a las múltiples teorías sobre la resurrección de quienes la niegan, pero una forma de negación de la resurrección parece haber prendido incluso dentro del cristianismo desde que el teólogo y exegeta Rudolf Bultmann le diera cauce y forma con su propuesta de desmitologizar el lenguaje de los evangelios. La propuesta implica negar los hechos que la acreditan: el sepulcro vacío y las apariciones; y afirmar que fue todo un descubrir, a la luz de la religiosa judía y de las religiones del mundo antiguo, el valor redentor de la muerte de Jesús. Prolongando variantes de este pensamiento, se viene sosteniendo desde hace años que el lenguaje de la resurrección es un caer en la cuenta de que Cristo no podía ser devorado por la muerte.

Hoy la investigación exegética, como siempre la pura razón ha sabido hacerlo, afirma que el sepulcro vacío por sí solo no constituye prueba de la resurrección. Ya lo dijeron los primeros críticos adversarios de Jesús: su cadáver habría sido robado o bien puesto en lugar oculto. Si embargo, el dato neotestamentario del sepulcro vacío no está sólo, sino acompañado de las apariciones. El sepulcro vacío, desde el punto de vista de la historia de las tradiciones históricas evangélicas parece haber tenido su origen en Jerusalén, dato nada despreciable para la sospecha fundada de su historicidad. No sólo porque es concorde con la antropología bíblica, que no da lugar a entender la vida de otra forma que como vida que incluye el cuerpo, más allá de las sombras de la muerte en el sheol del bajo mundo del abismo.

El sepulcro vacío sólo adquiere pleno sentido y fuerza de revelación a la luz de la experiencia de las apariciones, que si fueron algo, no pudieron ser mero proceso discursivo ni reacción consoladora en clave visionaria capaz de llevar a los discípulos a la superación de una tristeza y la depresión ocasionadas por el fracaso del Maestro amado. Ciertamente no pudieron ser revivificaciones al estilo de una resurrección que devuelve a la vida histórica a quien ha estado muerto, pero si sólo fueran estas apariciones narradas por el Nuevo Testamento mero lenguaje de una convicción de los discípulos, narraciones que vehiculan tan sólo un caer en la cuenta de que está vivo el que estaba bien muerto; si sólo fueran esto, serían bien poca cosa. Todavía quedaría a los partidarios de la tesis explicar por qué en el caso de Jesús y los demás no; por qué en su caso ha sido redimido el mundo de sus pecados y en otros casos no. ¿No resultará más milagrosamente milagroso llegar a creer que está vivo el que fue bien muerto? Negar una cierta experiencia de Cristo resucitado en las condiciones de nuestro conocimiento finito e histórico es sucumbir a la lógica de una razón racionalista convertida en criterio de todo lo que no puede admitir, una razón que ni le permite a Dios ser Dios, que ciertamente no es un Dios de los malabarismos, sino el Dios todopoderoso creador del cielo y de la tierra que arrancó a Cristo de la muerte para que el mundo no sucumba a las oscuridades en que el pecado sumerge la inteligencia; igual como sumerge la voluntad y carga de fantasías la memoria hasta tornarla incapaz de reconocer la verdad de las cosas vividas que dan identidad a un ser humano.

El realismo de la descripción de la resurrección por las santas mujeres y los discípulos, fundamento de la fe de la Iglesia, es alternativo a la fantasía que también a los antiguos les parecía falta de realidad: la resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico sin dejar de ser trascendente, aunque no es reducible al control empírico de la ciencia, que, por lo demás, es incapaz de acaparar para sí misma todo lo que el hombre puede históricamente conocer.

Con mi afecto y bendición. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería