lunes, 9 de marzo de 2015

Presentación de nuestro cartel 2015, por Daniel Valverde Miranda.

Daniel Valverde, presentador de nuestro cartel de este año ha tenido a bien facilitarnos el texto de la magnífica presentación que nos regaló el pasado sábado.


Hoy, día 7 de marzo, se cumple un nuevo aniversario de la
muerte de un eminente filósofo y teólogo, organizador del
conocimiento de su tiempo para ponerlo al servicio de la fe. Decía
que…

“En sí misma la misericordia es la más grande de las virtudes,
ya que a ella pertenece volcarse en otros y, más aún, socorrer sus
carencias. Esto es peculiar del superior, y por eso se tiene como
propio de Dios tener misericordia, en la cual resplandece su
omnipotencia de modo máximo”.

Valga esta cita para evocar su obra. La firma, Santo Tomás de
Aquino.

Ilustrísimo Señor Don Manuel Pozo Oller, Vicario Episcopal para la Acción Pastoral y el Clero y Director Espiritual de la Hermandad.
Hermano Mayor, Don Juan Diego Linares Vera y miembros de la
Junta de Gobierno.
Hermanos y hermanas.
Señoras y señores, amigos todos.
Paz y Bien.


Vaya por delante mi sincero agradecimiento a Don Juan Jesús
Sánchez, gracias amigo por estas hermosas palabras de
presentación.

Asimismo quiero trasladar mi enhorabuena a la Agrupación
Musical Nuestra Señora del Mar por el magnífico concierto con el
que acaban de deleitarnos.

Y sin abandonar el honesto capítulo de la gratitud, quiero
mostrar y compartir con ustedes la desbordante ilusión que se
adueñó de mí cuando me comunicaron que tenía por delante la
enorme responsabilidad de venir esta noche aquí a presentar el
cartel anunciador de la próxima estación de penitencia que esta
Pre-Hermandad, entiéndanme, cuestión de nomenclaturas
formalistas, porque la considero una gran Hermandad en toda regla, llevará a cabo el próximo día 5 de abril. Lo extenso de nuestro diccionario en lo que a adjetivos se refiere no sería lo suficientemente amplio para describir esa extraordinaria sensación.

Gracias, por tanto, a su Hermano Mayor y a su Junta de Gobierno
en pleno por regalarme este momento, por sumar al álbum de mi
vida una imagen imborrable de este día y, por supuesto, por abrirme las puertas de esta bendita casa y hacerla sentir mía.
Gracias de todo corazón.

E inmersos en una nueva Cuaresma nos adentramos de lleno
en el camino que, aunque saboreando cada instante que nos lega
este tiempo litúrgico, nos llevará casi sin darnos cuenta al
desenlace más conocido, y no por ello menos esperado, de la
historia más grande jamás contada. Será el 5 de abril un día ingente
para el orbe católico, el día en que la llama de la fe nos hará mirar a
un cielo conquistado por el Elegido por la divinidad para redimir con
su sangre a un universo que gravita en el pecado que le es
inherente. Pero antes, habrá que recorrer la vereda cuaresmal y
fundir alma, mente y corazón para materializar la reflexión a la que
este tiempo nos invita.

Cuaresma, morado telón que se abre para iluminar el
escenario de la Pasión, considerar la actuación que hemos llevado
a cabo durante tanto tiempo y permitirnos obrar en consecuencia
para incorporarnos al camino correcto, a la senda que balizan los
verdaderos valores que encierra el Evangelio. Pronto partirá
dejando su estela y para entonces habrá arribado la nave de la
esperanza en el radiante puerto de la Resurrección fondeando
nuestra fe y anclando para siempre el vínculo que nos une a Dios.
El Creador, el imaginero natural de nuestra vida, que ha vencido a
la muerte para mostrarnos la ilimitada extensión de la bóveda
celestial que es la casa del Padre y en cuyo jardín la existencia
pasa a tener tintes de eternidad.

Amanecerá, por tanto, un nuevo Domingo de Resurrección,
día dominador del calendario cristiano, en el que los impetuosos
cofrades a veces nos dejamos vencer por la nostalgia, y abatidos
por la añoranza de la Semana Santa que termina, abandonados y
presos del desaliento que emana de los tristes finales observamos
con serenidad los árboles que tapan el bosque y no alcanzamos a
ver que estamos ante el inminente principio de todo. Es la
Resurrección el inicio del camino, su kilómetro cero, la primera
piedra de la obra de la vida, la semilla que germinará para consuelo
y alimento de la humanidad. Es símbolo del preludio de la felicidad
plena, el más valioso tesoro del cristianismo, es, sin lugar a dudas,
la fórmula empírica que demuestra que la vida ha vencido con
rotundidad a la transparente oscuridad de la muerte.
Y así debemos de sentirla, así debemos de afrontarla y así es
como debemos salir a la calle el próximo cinco de abril, henchidos
de orgullo para pregonar a voz en grito que Jesucristo ha
Resucitado como anunció, que el Señor se ha instalado en nosotros
y que, por tanto, nos acompaña marcando el ritmo de nuestro día a
día. De esta forma lo hizo saber; “Yo soy la Resurrección. El que
cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en
mí no morirá jamás”. Encendida la llama, mantengámosla con el
vigor que merece avivándola con el oxígeno de la fe y el
combustible de la entrega incondicional a la comunidad que nos
acoge.

Y hoy estamos aquí para lanzar una mirada fugaz al pasado,
inmortalizar un instante y convertirlo en un mensaje de futuro, en
una catequesis colorista que brillará en cada esquina de nuestra
ciudad. Esta es exactamente la encomiable labor que el fotógrafo
cofrade lleva a cabo entre “bullas”, incienso y filas de nazarenos
para crear un patrimonio de cada detalle, para abrir al mundo una
nueva y singular ventana a la que asomarse y ser el fedatario del
discurrir penitencial de la devoción en cada centímetro de su
recorrido.

E hilando todas estas premisas con exquisita técnica, con un
arte innato, una inusitada sensibilidad y su obstinada entrega, el
autor de nuestro cartel ha conseguido regalarnos un momento
único. Hablamos, como no podría ser de otra manera, de Don José
Alfredo Felices Figueredo.
Almeriense de nacimiento y economista de profesión, José
Alfredo ha hecho de la fotografía su principal afición, una pasión
que descubrió hace tan solo cinco años de forma autodidacta y que
aúna en su interior a la madre naturaleza y a la Semana Santa, dos
musas dispares con capacidad para inspirar su objetivo y hacer
brotar de él imágenes que nos muestran una realidad imperceptible
al ojo humano.

Bien sabrán ustedes que lo abrumador de los números
difícilmente puede ser sostenido con la palabra. Ríos de tinta
correrían para esbozar la vitrina que acoge el extenso palmarés de
José Alfredo Felices. Carteles de innumerables Hermandades,
Boletines, Exposiciones, una trayectoria meteórica que le ha llevado
a ser uno de los indiscutibles protagonistas de la cuaresma del año
en curso. Han sido 13 premios, 13 momentos, 13 destellos únicos
de nuestra Semana Santa que vestirán la ciudad de Almería con
una espontánea exposición temporal que hará manifestación
pública de nuestra fe y anunciará su llegada. Simplemente
inverosímil.

En este sentido, no podemos negar la certeza que apunta que
la transmisión es uno de los tesoros más buscados del artista. Llegar al corazón de aquel que recorre con sus ojos una imagen y
despertar en él un sentimiento que ligue la incredulidad y la ilusión
resulta ser algo reservado para los genios a los que, desde su
concepción, les fue otorgado el don de emocionar. A la vista de las
obras del egregio autor del cartel que hoy presentamos, no es
menos cierto que es justo titular de este atributo.
La rúbrica de José Alfredo se convierte en el sello de garantía,
el certificado de autenticidad de una captura que nos envolverá para acercarnos a aquella esquina, a aquella plaza, a admirar de nuevo
aquel rostro divino cuyo resplandor secuestró, sin rescate posible, nuestros sentidos.

Podrán imaginar entonces la dicha que supone para mí
presentar una de sus obras, un trabajo de suprema elegancia que
lleva por nombre “MADRE, HE AQUÍ A TU HIJO”.
Suficiente, basta con recibir el impacto de su título, para que
la fantasía coja la gubia y talle en nuestro interior la imagen de
Jesucristo Resucitado que aguarda impaciente el brillo de las
miradas de los que aquí nos reunimos. Ha sido capaz nuestro autor
de detener la historia en el encuentro de Jesús con su Madre,
mostrarnos la emotiva primera visita después del cruel pasaje de la
crucifixión. Asegurada la salvación de los hombres, José Alfredo
nos ha hecho testigos, con esta instantánea, de un mudo y maternal
cruce de palabras, haciendo sonar un silencio de esperanza y de
confirmación del mensaje de Dios.

Llega pues el momento de retroceder en el tiempo, respirar
los efluvios del domingo de Resurrección y saborear la luz de la
mañana en la que el tañido de campanas pone la banda sonora al
júbilo que escolta a tan magno acontecimiento.

Sería para todos nosotros un verdadero honor que las manos
que inmortalizaron el momento que se esconde bajo esta tela, junto
con las de nuestro Hermano Mayor, fueran las que descubrieran
este impresionante cartel. Juan Diego, José Alfredo, nuestro es el
privilegio, suyo este momento.
Señoras y señores, queda presentado el cartel de la Pre-
Hermandad de Jesucristo Resucitado en esta edición de 2015.
Partan de aquí mis nobles y venturosos deseos para esta
Hermandad de cara a la Semana Santa que ya avanza con paso
apresurado hacia un nuevo comienzo, y que apenas siete días
después de su Entrada Triunfal en nuestro calendario, se elevará a
los cielos para mostrarnos la expresión suprema del amor de Dios
ataviada con el color de la Resurrección y así poder inundarnos de
su misericordia.

Y antes de marchar, mi vista vuelve a penetrar sigilosa en
este cartel para no interrumpir la visita de Jesús a su Madre, divina
sirena, patrona de un Mar que se aferra a su dueña buscando en
ella su amparo y consuelo. Sin querer, puedo oír el susurro que
lanza esta imagen y que en verso parece decir…

Tu corona ilumina la mar alumbrando su piélago oscuro,
el refugio que un día te guardó y cobijando en secreto tu faz,
cedió a una ola su honor,
y con hilo trenzado de sal,
al romper, tu manto bordó.

Tu mirada ilumina la mar apaciguando temor y tormenta,
cautivando al guardián que regó la azucena que viste brotar,
cuando la espuma callada quedó,
varada en la orilla al notar,
que la arena tu nombre gritó.

Navegando, te vine a buscar,
a contarte Madre y vigía,
que la salvación de los hombres firmé en esta cruz que me hizo
zarpar.
Lo anuncié, no debías de temer,
he arrojado la muerte a tu mar
y hoy la vida ha vuelto a vencer.

Muchas gracias